Wednesday, September 22, 2010

Hierba

Verde

Me encanta vivir en España y me encanta Zaragoza. Me gustan la gente, la comida, los muchos acontecimientos culturales, el hecho de que puedo ir andando a casi cualquier lugar. Pero echo de menos Nueva Zelanda. Una de las cosas que más echo de menos es tener un jardín. Echo de menos sentarme fuera, con el periódico, desayunando tarde un sábado por la mañana. Echo de menos salir un momento y coger un poco de cilantro fresco para la guarnición de un plato de comida tailandesa. Echo de menos el zumbido de las abejas en las matas de espliego. Echo de menos observar cómo las estaciones cambian las ropas con que se visten los árboles. Y echo de menos el olor de la hierba recién cortada.

Todos los colegios de Nueva Zelanda tienen campos enormes y, a menos que estén cerrados por la lluvia, allí es donde pasamos nuestros recreos y descansos para almorzar cuando vamos a la escuela. Podíamos rodar colina abajo, hacer cadenas con las margaritas, y cuando habían cortado la hierba la recogíamos y hacíamos cestos gigantes. Cuando éramos mayores, jugábamos a fútbol o a rugby y nos manchábamos los uniformes de hierba. Cuando llovía siempre había algún gilipollas que pisoteaba la hierba y mojaba y manchaba de barro a sí mismo y a los que estaban a su alrededor. Me dan pena los niños españoles que sólo tienen recreos de cemento en sus escuelas.

El otro día estaba en casa de mi amigo gallego. Estaba cortando el césped, el olor de la hierba recién cortada impregnaba el aire, los sonidos de la cortacésped rompían la paz de esa tarde de sábado pero para mí eran una sinfonía. Mi padre corta el césped cada sábado y si cerraba los ojos podía imaginar que estaba en casa. Me senté para observar cómo trabajaba mi amigo, cómo domesticaba la naturaleza. Y después, al final de su labor, tenía estas gloriosas manchas de hierba en sus zapatillas.

Green

I love living in Spain and I love Zaragoza. I like the people, the food, the many cultural events, my friends, the fact that I can walk just about everywhere. But I miss New Zealand. One of the things I really miss is having a garden. I miss sitting outside with the newspaper eating my breakfast late on a Saturday morning. I miss being able to nip outside and snip some fresh coriander to garnish a dish of Thai food with. I miss the buzz of the bees in the lavender bushes. I miss watching the seasons change the clothes the trees are dressed in. And I miss the smell of freshly cut grass.

All New Zealand schools have huge fields and unless they are closed due to rain that is where we spent our breaks and lunchtimes when at school. We could rolly polly down hills, we could make daisy chains, when the grass had been cut we would gather it and make giant nests. When we were older we would play soccer or touch rugby and get grass stains on our uniforms. When it rained there would always be some asshole that would stomp the grass and get themselves and those around them wet and muddy. I feel sorry for Spanish children who only have concrete recreation areas in their schools.

The other day I was at my Galician friend’s house. He was mowing the lawn, the smell of freshly cut grass was in the air, the sounds of a mower breaking the peace of that Saturday afternoon but for me it was a symphony. My father mows the lawn every Saturday and if I closed my eyes I could imagine I was home. I sat down to watch my friend at work, taming nature. It was a pleasure. And then at the end of his labors he had these most glorious grass stains on his shoes.

Sunday, September 19, 2010

Roman Holiday

Historia del Arte

La primera vez que fui a Roma fue en esa época loca en la que acabas de enamorarte de alguien. Habíamos estado dos días en Venecia y otros dos en Florencia y nuestra última parada en Italia era Roma. Roma era fantástica: las fachadas de los edificios, un Papa todavía caliente en su ataúd. Los susurros de la primavera en la brisa. En pocas palabras, un momento maravilloso para ser una neozelandesa enamorada de un español en Europa.

He de admitir que estaba un poco nerviosa por mi vuelta. ¿Este viaje sería comparable al de hace casi seis años? Éramos más jóvenes, yo era más rubia (gracias a un tinte), más exótica que ahora (¿se puede ser exótico después de seis años?). Me alegra decir que esta vez fue mejor. No dejamos a Duccio de lado ni nos arriesgamos a tener problemas con la seguridad buscando baños o vagones vacíos mientras nos quitábamos la ropa. Pero hablamos, nos dimos la mano, comimos, nos sentamos, miramos, bebimos, aparte de meternos mano.

Los que lean con atención puede que hayan visto que en 2006, cuando pasamos por Italia, el Papa había muerto. Eso significaba que no pudimos ver la Capilla Sixtina, algo que había querido hacer desde que estudiaba Historia del Arte en el instituto. En esta ocasión pudimos. Tengo que decir que el viaje que lleva desde pagar 19 euros por los billetes que compramos en Internet para saltarnos las filas hasta pillar un dolor de cuello por mirar hacia arriba podría haber sido un placer absoluto (después de todo, ¿qué es el dinero frente a la belleza?), pero no lo fue.

Imagina un día de de verano a 35 C°. Imagina que estás metido en espacios cerrados con cientos, si no miles, de personas bajo ese calor. La mayor parte de ellos hacen fotos de sus seres queridos junto a cualquier cosa, dificultando que te muevas y aprecies el arte. Ahora imagina que esos espacios contienen incomparables artefactos históricos de la escultura y la pintura de la antigüedad y el renacimiento. Añade un edificio sin aire acondicionado. Es algo parecido a lo que como atea imagino que es el infierno.

Cuando finalmente llegamos a la Capilla Sixtina tras ser empujados por las multitudes, muchas de las cuales intentaban no perder a sus guías (una experiencia que podía entender, tras ir al Coliseo), fue por supuesto impresionante, y lo habría sido más si hubiera habido un límite para el número de visitantes. Y si el guardia de seguridad no hubiera estado mandando callar a la gente o si los altísimos altavoces no hubieran mandado callar a todo el mundo en al menos seis idiomas distintos.

Por supuesto, la avaricia está en el corazón de esta experiencia frustrante. El director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci, ha declarado recientemente que los miles de visitantes están dañando los frescos. Nuestro pelo, las partículas de nuestra piel y nuestro aliento se acumulan en los frescos, y los dañan antes de que sean limpiados. Pero en lugar de limitar la entrada de visitantes -como hace otro museo romano, la Galería Borghese (donde no permiten la entrada de cámaras y donde hay aire acondicionado y un límite de 360 visitantes cada dos horas)- han aumentado el horario de apertura en verano para incluir sesiones nocturnas.

Art History

The first time I went to Rome was during that crazy time when you are first in love with someone. We had been to Venice and Florence for two days each and our last stop in Italy was Rome. Rome was fantastic, the buildings seen from the outside, a Pope still very warm in his coffin. The whispers of spring on the breeze. In short a wonderful time to be a New Zealander in love with a Spanish man in Europe.

I must admit I was a little nervous about the return. Would this time measure up to that of nearly six years ago? We were younger, I was blonder (thanks to hair dye), more exotic than now (who can claim to be exotic after nearly 6 years together?) I am happy to say that it was better. This time we didn’t ditch Duccio or tempt problems with security finding bathrooms or empty rail carriages in rip each other’s clothes off. But we talked, we held hands, we ate, we sat, we looked, we drank, apart from ripping each other’s clothes off.

Those reading closely may have picked up that in 2006 when we flitted through Italy, the Pope had died. This meant that we could not visit the Sistine Chapel, something I had wanted to do since studying Art History at high school. This time we could. I must say the journey from paying 19€ each for tickets bought online to skip the queues to getting a neck ache from looking up could have been an absolute pleasure (after all, what is money in the face of beauty?) but it wasn’t.

Imagine a summer’s day around 35 C°. Imagine being packed into confined spaces with hundreds if not thousands of people in this heat. Most of who are taking pictures of loved ones next to everything, making it difficult to move and to appreciate the art. Now imagine these spaces hold incomparable historical artifacts of ancient and renaissance sculpture and panting. Add a building without air-conditioning. You have something akin to what I as an atheist imagine hell to be.

When we finally arrived in the Sistine chapel after being pushed along by the multitudes, many who were trying to keep up with their tour guides (an experience I can sympathize with after having taken a tour of the Coliseum), it was of course breathtaking, and would have been more so if the amount of visitors had been limited to a set number. And if the security guard had not been shushing the masses or if the very loud speakers hadn’t shushed everyone after the guard in at least six different languages.

Greed of course is at the heart of this frustrating experience. The director of the Vatican Museums, Antonio Paolucci, has recently stated that the thousands of visitors are damaging the frescos. Our hair, our skin particles, our breath are collecting on the frescos, and are damaging them before they are removed. But instead of limiting visitor as does another Roman gallery, the Borghese Gallery (where photos, mobiles and bags are not permitted and where there is air-conditioning and a limit of 360 visitors every two hours) they have extended summer hours to include night sessions.